La niña se sentó en el último asiento del último vagón del tren. Su vestidito floreado ribeteaba cuando movía los piecesitos y sus manitos enguantadas se retorcían sobre su regazo. Sabía que debía bajarse en la última estación, allá casi llegando a los confines de la tierra. Llevaba un pequeño bolsito de cuero café, nuevo. Y sus zapatitos de charol relucián al topar con el sol en el constante vaivén que los llevaba. El tren acaba de para en la primera estación, de ese vagón, un hombre alto, de sombrero muy alado y chaqueta café moro bajó. El tren lanzó dos furtivos pitidos que nadie les prestó atención. Rechinaron los rieles y prosiguió el movimiento.
En cada estación iban bajando personas, en muy pocas se subían. Y otras, otras sólo eran estaciones fantasmales, donde el hombre de la ventanilla se notaba claramente hecho de pulido marfil humanoide. Y la pequeña niña, acostumbrada a hacer este viaje, retorcía sus manitos sobre el regazo, queriendo cojer algo de su bolso, pero sin atreverse. Cuando la señora que ocupada más de la mitad del asiento, bajó, la niña se quitó el sombrero, se arrastró hacia la ventana, tomó su bolso y sacó un librito para colorear, sus crayones nuevos y estiro la bandeja que salía de su costado izquierdo. Eligió los colores con un cuidado único y se puso manos a la obra, eligiendo siempre los crayones adecuados, el brillo exacto, lo forma precisa de poner el lápiz sobre el papel, para lograr el mejor acabado. Y el tren prosiguió andando y la niña afanada en su tarea no se dió cuenta de como el tiempo iba pasando. Los pechos comenzaron a desarrollarsele, hasta que rompieron las costuras del escote, sus pieras se alargaron, se afinaro y sus tobillos de afiataron a la forma de su cuerpo. Su nariz tomó forma y sus labios tomaron un tinte de rubí. Sus manos se afinaron, inconsientemente se quitó los guantes cuando los sintió muy estrechos, se quitó los zapatos cuando le crecieron los pies. Y el tren siguió andando, a través de llanura, ya sin más pasajeros que la niña que va creciendo. De pronto, por el altoparlante la voz del maquinista anuncia la bajada de la niña, quien apresuradamente guarda su caja de crayones, tira los zapatos al bolso, toma su sombrero, olvidando los guantes en el tren y desciende descalza. La luz la pierde, no ve familiares, ni amigos. Sólo el borroso recuerdo de lo que alguna vez fue esa estación. El tiempo ha pasado sólo para ella, pues al pueblo que llega, son todos jovenes, hermosas mujeres, hermosos hombres, alegría, risas, fiesta, constanta algaboría. La niña se sienta en un banco a contemplar y a recordar a la casa de quien iba y sus recuerdos se desvanecen en esa vez que una luz la encegueció.
En cada estación iban bajando personas, en muy pocas se subían. Y otras, otras sólo eran estaciones fantasmales, donde el hombre de la ventanilla se notaba claramente hecho de pulido marfil humanoide. Y la pequeña niña, acostumbrada a hacer este viaje, retorcía sus manitos sobre el regazo, queriendo cojer algo de su bolso, pero sin atreverse. Cuando la señora que ocupada más de la mitad del asiento, bajó, la niña se quitó el sombrero, se arrastró hacia la ventana, tomó su bolso y sacó un librito para colorear, sus crayones nuevos y estiro la bandeja que salía de su costado izquierdo. Eligió los colores con un cuidado único y se puso manos a la obra, eligiendo siempre los crayones adecuados, el brillo exacto, lo forma precisa de poner el lápiz sobre el papel, para lograr el mejor acabado. Y el tren prosiguió andando y la niña afanada en su tarea no se dió cuenta de como el tiempo iba pasando. Los pechos comenzaron a desarrollarsele, hasta que rompieron las costuras del escote, sus pieras se alargaron, se afinaro y sus tobillos de afiataron a la forma de su cuerpo. Su nariz tomó forma y sus labios tomaron un tinte de rubí. Sus manos se afinaron, inconsientemente se quitó los guantes cuando los sintió muy estrechos, se quitó los zapatos cuando le crecieron los pies. Y el tren siguió andando, a través de llanura, ya sin más pasajeros que la niña que va creciendo. De pronto, por el altoparlante la voz del maquinista anuncia la bajada de la niña, quien apresuradamente guarda su caja de crayones, tira los zapatos al bolso, toma su sombrero, olvidando los guantes en el tren y desciende descalza. La luz la pierde, no ve familiares, ni amigos. Sólo el borroso recuerdo de lo que alguna vez fue esa estación. El tiempo ha pasado sólo para ella, pues al pueblo que llega, son todos jovenes, hermosas mujeres, hermosos hombres, alegría, risas, fiesta, constanta algaboría. La niña se sienta en un banco a contemplar y a recordar a la casa de quien iba y sus recuerdos se desvanecen en esa vez que una luz la encegueció.

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