Amy nacio en una ciudad al sur, lejos de este clima tropical. Cuando llegó, jamás pudo acostumbrarse al calor invernal. Aquellos chapuzones frescos de media tarde, provenientes de unos nubarrones que jamás viste, trastornaban tu rutina diaria. Te invadieron toda clase de alergias, los mosquitos te perseguían, solo a ti. Luego tu sufrimiento con la ropa y zapatos. Tus pies se hincharon, hasta que te acostumbraste a usar alpargatas. Tus manos, le quitaste los guantes y se pusieron doradas. Poco a poco te convertiste en una mulata blanca. En ese entonces lo conociste, la sociedad literaria de Andacollo te invitó a una exposición de literatos. Apenas él subió al estrado y comenzó su relato, tu quedaste prendida de sus manos, su ademanes de galante, su voz varonil, su ojos penetrantes. Su cuento hablaba de un mito de la región, un antiguo ser que devoraba todo lo que encontraba a su paso, pero el lo había tomado desde otro punto y tu apasionada, jamás en tu vida te lo quitaste de la cabeza.
Pudiste conocerlo, coqueteaste con él, te lo llevaste a la cama. Te apasionaste, pero él vivía en su mito, en su cuento, sus zarpas de amor también desgarraban y además, él tenía un silencio aplastante, que apenas conociste, lo envidiaste, lo odiaste, pero aún así lo amabas. Hasta que exploto, la dicha de ser la mulata blanca más bella te encegueció, sabías que no te merecías alguien como él, lo dejaste, pero ahi terminó tu vida. Nunca nadie volvió a acordarse de ti y él, él se refugió en su silencio palpitante, fue acogido, y él se mostró tal cual un bebé recién nacido. Fuiste devorada por la envidia y volviste al sur. Ahí, Amy, ahí muerta quedaste.
