Crónica

Las crónicas tienen ese dejo de deja vù de las vidas. Tomada la inspiración de García Márquez, imprimo estas letras. Sueño con ver publicados mis cuentos o escritos. Para más cuentos: http://historiademialma.blogspot.com

La Bella.

viernes, julio 31, 2009

Sus ojos ya los habían cerrado cuando llegó él de una cabalgata de tres días. Estaba trabajando a cinco días de la ciudad en carroza. Él, por verla un instante antes de su muerte reventó al animal. Y no le sirvió de nada, pues era demasiado tarde. Hace media hora que su último suspiro se fue.
Se sentó al borde de la cama, donde aún yacía tibio el cuerpo de su amada. Se habían comprometido para casarse hace un año ese mismo día. Nadie le quiso decir al pobre novio que ella ya tenía tuberculosis. Y cuando se enteró, su corazón no quiso darle razón alguna y ya nada podía hacer. El hechizo de belleza de la muchacha lo tenía eclipsado.
Ella había cumplido recien los 16 años, su pelo era largo y algo anaranjado, quizás como lo últimos rayos del sol de la tarde. Sus pestañas iban cambiando gradualmente de color, desde la base hasta las puntas. Y sus labios eran dos fresas dulces y recientes en esa tez pálida, casi transparente. Sus manos, graciosas y aún infantiles recorrian el piano de la casa con elegancia y soltura. Pobre piano, ya nadie lo volvería a tocar. Y su voz era un dulce elixir, hasta las aves callaban para oir su canto.
Pobre hombre, trabajaba tan duro para casarse con ella y la muerte de un zarpaso avasallador le quitaba su único motivo de vivir. Acompañó el cadáver de la novia los tres días que duró el velorio, como un guardian suizo no se movió de su lado. Las damas todas lloraban, con los pañuelos empapados en alcanfor para no estornudar por las flores. Él, inmutable al lado de la bella.
La procesión mortuorio avanzó lentamente por la avenida principal, el recorrido de ese novio desgarrado fue tortuosa para todo aquel que miraba. Con cada paso un aullido melancólico se escuchaba en toda la ciudad, su corazón se desgarraba con cada gesto de sus manos, sus ojos poco a poco iban perdiendo el brillo, se dilataron sus pupilas, como si la muerte le acechara en la esquina. Su piel se le fue pegando al cuerpo, se volvió amarilla y pergaminosa. Sus dientes se fueron cayendo por el camino y sus uñas resquebrajadas se notaban desde lejos. Su caminar se fue haciendo más lento, pero nunca cesó, hasta que llegaron a las puertas del cementerio. Su traje negro como la noche se veía desteñido, como si hubiera estado toda una vida bajo el sol y su pelo se había vuelto canoso, como un hombre mayor, su barba era hollinosa, larga y sus manos dos garfios pequeños y encrispados.
Sacaron el ataúd de la hermosa, lo abrieron por última vez para contemplarla. Ella, sin palabra alguna se levantó de su cama eterna, para darle paso al novio que dio su vida entera en esa procesión, sólo para que ella, la bella, pudiera seguir viviendo. Ella, agradecida y con la dulzura en su mirada le ayudó a recostarse. No se necesitó cerrar la tapa del ataúd, para que el pobre hombre se convirtiera en ceniza y fuera llevado por el viento para compartir esta triste historia de un amor no consumado.

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