Me senté en aquella banca, por el simple gusto de querer mirar como pasaba la gente. Estaba en la plaza de armas, aquella que tiene Anibal Pinto, O'Higgins, Barros Arana y no sé que otra calle rodeandola. Pero no era eso lo que me importaba, sino el sentido de mirar a la gente pasar, unas más apuradas que otras, de vuelta de la oficina a la casa. Algunas casi pisando a otras por tomar el colectivo, otras absortas en sus mudos pensamientos, de que quizas lo que les espera al llegar a casa no es una dicha y felicidad plena, sino la vuelta a la triste realidad.
Encendí un cigarro, placer mundano, codicia y soberbia comprimidas en un cilindro de papel blanco. Aspirar ese humo impregnante de nicotina, saborear el arsénico, tal como dice el estuche de los cigarros: veneno para matar ratas. Así como yo, pienso. Una pequeña e insignificante rata en este mundo donde girar la piedra del encendedor y ver esa llama consumir la punta de mi cigarrillo, es un acto que pasa desapercibido para el común....de la sociedad.
Estaba sola sentada, pierna encima, pensamientos divagantes a través de la fria tarde. Sin darme cuenta, una mujer canosa, con el pelo pegado al cráneo, huesuda y de dientes amarillos se sentó a mi lado y comenzó a observarme. Tal como yo escrutaba a los transeúntes, ella escrutaba mi rostro y mi mirada. No me ponía nerviosa, es más, casi como una compañera de toda la vida. su fealdad no me disgustaba, pues de alguna manera sabía que no eran parte de sí y que el estar sentada cerca de ella no me la iba a contagiar.
Me fije por el rabillo, que sus dedos eran largos y huesudos, pero que sus uñas tenían una estrella pintada azul en cada dedo. Que sus labios estaban pintados de un rojo carmesí fuerte. Y quizás hasta podía intuir lo que pensaba, pues sus ojos escrutantes sólo reflejaban un sentido fuerte y potente. Como quien se sienta a observar en una banca de la plaza a otra persona.
Me percaté de que la gente ya no pasaba cerca nuestro, como si un círculo se hubiese cerrado a nuestro alrededor. Los latidos de mi corazón aumentaron gradualmente, sin embargo no intranquilizé en ningún momento. No sabía lo que esta señora buscaba de mi, ni porque me miraba así, con esos ojos metidos en sus cuencas, azules como el cielo. Pestañeó y abrio sus labios para emitir algún sonido, que no deje que se le escapara, pues en ese mismo instante comprendí todo y me pare, caminé rápidamente hasta la esquina y me situé al lado de un hombre alto y barbón, le tomé del brazo y le ofrecí un cigarro, el cual graciosamente me rechazó.
Lo supe, que ella venía a buscarme y que él era mi único refugio. Ella, la única que puede arrancarte así, la misma en persona: la Muerte.

1 Canto (s):
Te salvaste esta vez.
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