Me invitó a salir. O sea, no especificamente a mi, sino que un grupo de cuatro personas. Me miró a los ojos, aunque en ese momento sabemos que no había nada. Me dijo que nos juntaramos más tarde. Algo me impulsó a ir, algo me dijo que tenía que ir, que no podía perderme esa junta.
Me arreglé, quizás por vanidad más que por afán de conquistas de una sola noche. Llegué al lugar y no estaba, llegó al poco rato, conversamos, fuimos a comprar puchos, nos sentamos, él se sentó a mi lado y la conversación fluyo como un río presuroso se dirige al mar. No despegué mis ojos de él, le pedí su nombre, su teléfono.
Comenzamos a conversar repetidamente, hasta que no me aguanté más y le dije lo que sentía. Es imposible describir la cara de sorpresa que puso cuando supo, a tal punto que tuvo que tomarse unos segundos para asimilar lo que le había dicho. No era una tema para conversar a la ligera, me dijo, así que al día siguiente nos juntamos.
Nos juntamos en una esquina y caminamos hasta la un café. Me pedí un jugo de frambuesas que no me gustó, pero que por conversar con él, lo hice durar lo más posible. Habremos estado allí unas dos horas, conversando, su nerviosismo era patente, pero su fluidez, su dominio de hablar de lo que le gustaba, lo que me enseñó, sé que jamás podré olvidar.
Nos fuimos, caminando, muy lejos, al igual que la conversación se iba por rumbos desconocidos, daba vueltas, nos conocíamos, nos mirábamos, estábamos nerviosos, inseguros. Seguimos caminando muchas cuadras más, las horas pasaban sin que yo quisiera que se fueran, no quería dejar de estar a su lado, no quería que el día acabara, como no quiero que el día acabe cuando estoy con él. Pero desde esa primera vez, siempre que estamos juntos, el día acaba inexorablemente rápido.
Fuimos caminando hasta el paradero, nos teníamos que ir. Le pregunté si podía abrazarlo, me dijo que si. Pegue mis brazos a su cuerpo, en ese momento me dí cuenta de que no quería soltarlo nunca más. Me di cuenta, de que no lo voy a hacer.
Esperamos pacientemente, lo mire, me miró. En ese momento, supe sin un ápice de duda que no quería que se me escapara. El beso que me dio nunca lo había sentido. Sus labios suaves, relajados, seguros, intensos, me llevaron a la gloria. Yo quería que esos abrazos y esos besos fueran eternos.

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Esto tiene firma! y ya sabemos cual es!
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