Vivir es algo cotidiano, del día a día. Noches de vida, silencio de muerte, confianzas, anécdotas, amigos, compañeros, gente, el mundo y yo.
Levantarse en la mañana, ir al baño, abrir el grifo de agua, ver como cada gota se pierde por el coladero. Contemplar la espuma que hace el jabón al bailar la dulce danza de tus manos, luego ver como se deshace al contacto con la pacifica agua.
Montar la cafetera en su lugar, las tres cucharadas de azúcar, que caen, como una montaña de nacarada nieve sobre el fondo café. Y se disuelve en el tornado de la cuchara, impregnando su dulce sabor y el suave aroma de esa bebida mañanera.
Abrir el paso de agua, nuevamente, pero esta vez las gotas resbalan por tu cuerpo, dejando tras de si, la estela de la limpieza y así, con ese baño matutino, dejas atrás los pecados mortales del día y la noche anterior. El pelo, hasta la cintura escurre lentamente, como hormigas por tu espalda. Lo sacudes y mojas todo, por el simple placer de ver las brillantes gotas de agua pegadas en el espejo reflejandose al instante de vida que están por perder. Y acaricias tu dientes con la suave escobilla mentolada, se sienten deseados, frescos y listos para el nuevo día, haciendo juego con el maquillaje de tus ojos, dónde reflejas las alegrías o tristezas de este día.
El vestuario de cada día se desliza por tu cuerpo, apegandose cada arruga en tu contorno, recorriendo suavemente tu figura, cubriendo esas pudorosidades, pero entonando de diferentes colores tu piel. Y tu cabello baila largamente con el cepillo, una danza donde cada uno se mezcla inconfundiblemente con el otro, danzan hasta quedar extenuados y el cabello es recogido en una cola de azahares, donde el resto del día se mese recordando su baile mañanero.
Juegas con los zarcillos que apretas a tu oreja, última mirada al reflejo de tu vida que tienes en el baño. Bajas uno a uno los escalones, para dar inicio a la salida que cada día, crees que cambiará tu vida.
El acto de detener el autobus, recorrer con la mirada a cada pasajero, pestañas que van o vienen de algún lugar, buscas el último asiento libre y te sumerges en los ir y venir de aquella máquina, donde ya no llevas sueños, pues los has dejado en casa.
Llegas al lugar donde tienes predestinado bajarte, te llega el halo de aire de las siete y treinta de la mañana, suspiras y emprender el rumbo con tu bolsón a cuestas. Saludas al portero, a tus compañeros y al profesor.
El susurro de los libros toma intencidad a eso de las 12 del día, hora de almorzar. Cada alimento suspira su instante de vida, juega con sus aromas e idiotiza con sus colores. Se preparar para su último calvario, dónde sabe, vivirá a través de otros. Vuelves a la rutina de la mañana, donde acaricias tus dientes, esta vez, para recordarles que les quieres.
Y los libros ya cansados de susurrar son devueltos al bolsón, dónde extenuados soñarán con sus problemas hasta el día siguiente, cuando finalmente, puedas resolverlos.
Te devuelves a tu casa, caminando firmemente cada paso, con la mente en aquellas cosas que no tienen cabida en otro momento. Extenuada deslizas ferozmente el bolsón en algún rincón de tu habitación, tus ropas las has tornado hacia la comodidad y tus ojos desean un respiro. Has molestado nuevamente a tus labios con sueños de nutrientes, sonries dulcemente cuando las estrellas titilan, dónde te dicen que debes comenzar con la rutina de la noche.
Nuevamente cambias tus ropaje, por un ajuar nocturno, donde las lentejuelas son tus ojos, brillosos por el deseo de soñar, el carmin de tus labios son las sábanas deseosas de cobijarte y el principe que te saca a bailar, es morfeo, con quien danzas toda la noche. Hasta que el nuevo día, con sus rayos de fuego alzan tu vista al mundo.
Y tu? Qué haces durante tu día?
Levantarse en la mañana, ir al baño, abrir el grifo de agua, ver como cada gota se pierde por el coladero. Contemplar la espuma que hace el jabón al bailar la dulce danza de tus manos, luego ver como se deshace al contacto con la pacifica agua.
Montar la cafetera en su lugar, las tres cucharadas de azúcar, que caen, como una montaña de nacarada nieve sobre el fondo café. Y se disuelve en el tornado de la cuchara, impregnando su dulce sabor y el suave aroma de esa bebida mañanera.
Abrir el paso de agua, nuevamente, pero esta vez las gotas resbalan por tu cuerpo, dejando tras de si, la estela de la limpieza y así, con ese baño matutino, dejas atrás los pecados mortales del día y la noche anterior. El pelo, hasta la cintura escurre lentamente, como hormigas por tu espalda. Lo sacudes y mojas todo, por el simple placer de ver las brillantes gotas de agua pegadas en el espejo reflejandose al instante de vida que están por perder. Y acaricias tu dientes con la suave escobilla mentolada, se sienten deseados, frescos y listos para el nuevo día, haciendo juego con el maquillaje de tus ojos, dónde reflejas las alegrías o tristezas de este día.
El vestuario de cada día se desliza por tu cuerpo, apegandose cada arruga en tu contorno, recorriendo suavemente tu figura, cubriendo esas pudorosidades, pero entonando de diferentes colores tu piel. Y tu cabello baila largamente con el cepillo, una danza donde cada uno se mezcla inconfundiblemente con el otro, danzan hasta quedar extenuados y el cabello es recogido en una cola de azahares, donde el resto del día se mese recordando su baile mañanero.
Juegas con los zarcillos que apretas a tu oreja, última mirada al reflejo de tu vida que tienes en el baño. Bajas uno a uno los escalones, para dar inicio a la salida que cada día, crees que cambiará tu vida.
El acto de detener el autobus, recorrer con la mirada a cada pasajero, pestañas que van o vienen de algún lugar, buscas el último asiento libre y te sumerges en los ir y venir de aquella máquina, donde ya no llevas sueños, pues los has dejado en casa.
Llegas al lugar donde tienes predestinado bajarte, te llega el halo de aire de las siete y treinta de la mañana, suspiras y emprender el rumbo con tu bolsón a cuestas. Saludas al portero, a tus compañeros y al profesor.
El susurro de los libros toma intencidad a eso de las 12 del día, hora de almorzar. Cada alimento suspira su instante de vida, juega con sus aromas e idiotiza con sus colores. Se preparar para su último calvario, dónde sabe, vivirá a través de otros. Vuelves a la rutina de la mañana, donde acaricias tus dientes, esta vez, para recordarles que les quieres.
Y los libros ya cansados de susurrar son devueltos al bolsón, dónde extenuados soñarán con sus problemas hasta el día siguiente, cuando finalmente, puedas resolverlos.
Te devuelves a tu casa, caminando firmemente cada paso, con la mente en aquellas cosas que no tienen cabida en otro momento. Extenuada deslizas ferozmente el bolsón en algún rincón de tu habitación, tus ropas las has tornado hacia la comodidad y tus ojos desean un respiro. Has molestado nuevamente a tus labios con sueños de nutrientes, sonries dulcemente cuando las estrellas titilan, dónde te dicen que debes comenzar con la rutina de la noche.
Nuevamente cambias tus ropaje, por un ajuar nocturno, donde las lentejuelas son tus ojos, brillosos por el deseo de soñar, el carmin de tus labios son las sábanas deseosas de cobijarte y el principe que te saca a bailar, es morfeo, con quien danzas toda la noche. Hasta que el nuevo día, con sus rayos de fuego alzan tu vista al mundo.
Y tu? Qué haces durante tu día?

2 Canto (s):
felicito que haya vuelto tu inspiración...lo que sea que estés aspirando te está ayudando mucho xDDD
Hago casi lo mismo que tu.
:P
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