Despierto, luego de mucho tiempo -o eso creo-, en un lugar de luces blancas, creo que es la muerte, mas es la sala de un hospital, miles de ojos me miran, algunos lloran más allá. Intento decir algunas palabras de consuelo, pero nada logra salir de mi garganta. Levanto la cabeza, pero veo que nadie se da cuenta de esto, toco el frio suelo, pero me doy cuenta de que no lo siento, la vaguedad de la no vida me dice que es frio. Y todos los signos me denotan que estoy muerta, pero nadie se atreve a acercarse a mi cuerpo. Los médicos han desaparecido de la sala, han dejado sus batas verdes colgadas a la perchera, mi madre, la familia, ha desaparecido y un par de trenzas de mi pelo han quedado olvidadas sobre la mesilla de noche.
Me acerco a la pared, dónde han colgado algunas de mis pertenencias, un calendario me indica la fecha: 10 de noviembre de 2015, debería tener 25 años justo ese día, aquel día que han tomado la valerosa desición de no hacerme sufrir más. Pero no logro recordar nada de lo que ha ocurrido, no sé porque mi muerte se ha producido, tantos años han pasado ya...
He vuelto a despertar, esta vez no ha sido como la otra, no siempre me puedo separar de mi cuerpo y ahora estoy encerrada a un pedazo de vidrio, más bien, es un ataúd, el miedo me invade lentamente, pero carcomiendo cada parte que aún vive, necesito salir de este encierro. Más nadie se ha acordado de esta fobia mia, por eso, ya he logrado escapar de allí. Una música de fondo, un coro y muchas personas llorando, intento acercarme a alguien, es el que fuera mi novio y un niño pequeño. Es su hijo y yo soy su ángel. Nadie me lo ha dicho, mas lo sé por vocación.
Camino, fijo la vista al frente, giro a la derecha y mi vida ha cambiado, alcanzo a apretar el freno, para no dar una muerte segura a mi joven vida.
