Quizas porque fue su primer amor, él nunca fue capaz de olvidarla del todo. Quizás porque ella fue la única en su vida, o porque todas las anteriores y posteriores no calzaban con su ritmo de vida y psicosis, quizás porque se sintió defraudado, utilizado, manipulado y estrangulado por su corazón, decidí urdir el plan perfecto para matarla.
Esa noche la siguió en perfecto silencio hasta su casa, antes de que ella pudiera cerrar la puerta, se coló adentro, le tapó la boca con la mano y la asfixió, sólo lo suficiente para que quedara inconciente.
Ella despertó al poco rato atada a una camilla, mirando el techo, de repente alguien se le acerca con la cara cubierta, pero tan sólo al oi su voz se dio cuenta de quien era. Tan sólo al momento de ver sus manos suaves y tranquilas se dio cuenta de que su final estaría próximo. Pero él no quería algo rápido, para nada, quizás habría sido perfecto escucharla gritar y gemir por clemencia durante horas, pero el apremio del tiempo y de la acción le apuraban un resto. Primero procedió a explicarle cual era la causa que lo llevaba a cometer este flagrante delito, quizás es más un medio de autocompasión, pues el jamás estuvo convencido de que todas las cosas que le habían pasado eran consecuencia de que ella lo hubiera dejado, sino también su mente retorcida y retórica, brillante pensadora, pero mortal y estúpida. Sobretodo para sí mismo.
La muerte no era más que el evento que le haría disfrutar de la ansiada libertad; después iría con la policía a reportar su desaparición, sabía que jamás lo descubrirían, pues estaba cometiendo el asesinato perfecto.
Dios sabe cuanto tiempo la mantuvo amarrada explicandole los porqués de lo que hacía. Pero pronto llegó el momento. Tomó la muñeca de ella y le hizo un profundo corte, con el cual un chorro de sangré saltó hacia el balde que tenía preparado. Ella gimió de dolor. Él le tomo la cara, le dio un beso de esos forzados y le hizo otro corte, a la altura de la yugular, pero no lo suficientemente profundo para hacerla perder el total concimiento. Ella veía todo borrosamente y sabía que cada segundo que pasaba ella perdía la vida. Él siguió haciendole tajos por todo el cuerpo, siguió besandola a la fuerza, hasta que ella yació muerta sobre la fría mesa metálica cubierta de papel envolvente. Él sonrió, no sólo para sí mismo, sino con una sonrisa estridente, potente, fuera de sí que alertó al vecino de piso. Quien, siendo tan cobarde, llamó a la policía. Lo encontraron todavía con el cuerpo encima de la mesa, el loco riendose, cubierto de sangre, se lamía las manos, la disfrutaba, pero no se dió cuenta de que, una vez más, ella lo estaba observando y riendose de él, de su estupidez crónica, porque con la muerte, lo único que había conseguido, era encerrarse en vida en una cárcel, en la peor de todas: en la cárcel de piel y huesos.
Esa noche la siguió en perfecto silencio hasta su casa, antes de que ella pudiera cerrar la puerta, se coló adentro, le tapó la boca con la mano y la asfixió, sólo lo suficiente para que quedara inconciente.
Ella despertó al poco rato atada a una camilla, mirando el techo, de repente alguien se le acerca con la cara cubierta, pero tan sólo al oi su voz se dio cuenta de quien era. Tan sólo al momento de ver sus manos suaves y tranquilas se dio cuenta de que su final estaría próximo. Pero él no quería algo rápido, para nada, quizás habría sido perfecto escucharla gritar y gemir por clemencia durante horas, pero el apremio del tiempo y de la acción le apuraban un resto. Primero procedió a explicarle cual era la causa que lo llevaba a cometer este flagrante delito, quizás es más un medio de autocompasión, pues el jamás estuvo convencido de que todas las cosas que le habían pasado eran consecuencia de que ella lo hubiera dejado, sino también su mente retorcida y retórica, brillante pensadora, pero mortal y estúpida. Sobretodo para sí mismo.
La muerte no era más que el evento que le haría disfrutar de la ansiada libertad; después iría con la policía a reportar su desaparición, sabía que jamás lo descubrirían, pues estaba cometiendo el asesinato perfecto.
Dios sabe cuanto tiempo la mantuvo amarrada explicandole los porqués de lo que hacía. Pero pronto llegó el momento. Tomó la muñeca de ella y le hizo un profundo corte, con el cual un chorro de sangré saltó hacia el balde que tenía preparado. Ella gimió de dolor. Él le tomo la cara, le dio un beso de esos forzados y le hizo otro corte, a la altura de la yugular, pero no lo suficientemente profundo para hacerla perder el total concimiento. Ella veía todo borrosamente y sabía que cada segundo que pasaba ella perdía la vida. Él siguió haciendole tajos por todo el cuerpo, siguió besandola a la fuerza, hasta que ella yació muerta sobre la fría mesa metálica cubierta de papel envolvente. Él sonrió, no sólo para sí mismo, sino con una sonrisa estridente, potente, fuera de sí que alertó al vecino de piso. Quien, siendo tan cobarde, llamó a la policía. Lo encontraron todavía con el cuerpo encima de la mesa, el loco riendose, cubierto de sangre, se lamía las manos, la disfrutaba, pero no se dió cuenta de que, una vez más, ella lo estaba observando y riendose de él, de su estupidez crónica, porque con la muerte, lo único que había conseguido, era encerrarse en vida en una cárcel, en la peor de todas: en la cárcel de piel y huesos.
